lunes, 29 de septiembre de 2014

Antihéroes cotidianos

Nunca fuimos héroes
(Tarima Beltza) 

"Nunca fuimos héroes" es una de esas obras que, a pesar de desarrollarse con un tono general de comedia, al salir de la sala te dejan un regusto amargo, y no sólo por el trágico (aunque no del todo imprevisible) final. La crítica social es clara, y la obra nos muestra un espejo en el que, en mayor o menor medida, todos podemos vernos reflejados con nuestros pecados: cobardía, conformismo, hipocresía... Una de esas obras que dan que pensar y de las que sigues hablando un buen rato después de marcharte.
Una historia sencilla, una cena entre amigos, que, tal vez haciendo de la necesidad una virtud (como suele ocurrir muy a menudo entre los grupos amateurs), no necesita de grandes escenografías para contarse. Una mesa, unas sillas, un perchero... La luz es la encargada de delimitar los espacios. Cabe destacar el practicable trasero, que proporciona a las intervenciones de la hija un mayor dramatismo y fuerza visual. Lástima que, desde su posición, la voz de la actriz se perdiera bastante, especialmente cuando quedaba ahogada por la música.
Es ese personaje, el de la hija, el más dramático de todos, el que con sus intervenciones subraya el mensaje de la obra, la crítica social, y sirve de contrapunto a la escena de los padres, más ligera, no desprovista de crítica social, pero desde un prisma menos dramático, más irónico y sarcástico, y que genera no pocas sonrisas y alguna que otra carcajada.
En esta ocasión fuimos testigos de una sustitución en el papel de la hija, interpretada (sin que estuviera indicado en el programa) por Ventura Ruiz, de forma muy convincente. Interpretando a su padre, que de algún modo personifica la cobardía (el hombre que abandonó la lucha y no quiere hacer frente a su esposa), nos encontramos a un Josu Castillo con una apariencia peculiar. Esa peluca blanca, sea o no un efecto buscado, resulta bastante risible, y a mí personalmente me evocó la imagen de Antonio Alcántara (el patriarca de la serie Cuéntame), cosa bastante adecuada en una obra que pretende mostrarnos personajes imperfectos. Su amigo, el conformista, es posiblemente el personaje más cómico del reparto. Puede que sea intencionado o no, pero la naturalidad con la que J. Manuel Herrero da vida al personaje, esa cercana campechanía, nos invita muchas veces a la risa, especialmente con sus intervenciones durante la cena con la asistenta rusa. La hipocresía viene de mano de esa "cajera de Eroski" con ínfulas, que pretende ser, o al menos aparentar ser, más que los demás, con su casa grande, su "criada", su máster en el extranjero para una hija que no desea hacerlo...
En resumen, "Nunca fuimos héroes" es un espejo crítico en el que podemos vernos a nosotros mismos y a quienes nos rodean, y que nos hace pensar. Por descontado, esa era la intención del autor de la obra, y del grupo que la representa, así que sólo puedo decir una cosa: Objetivo cumplido.

Javier Hernández Sanchiz (Taller de Teatro Kilkarrak)